« Buscar las causas »

entrevista con Gabriela Cañas / El Pais

Resulta llamativo comprobar que haya tanta homofobia en la sociedad francesa.

No creo que sea diferente en otros países. Mucha gente me dice que esta realidad que yo describo no existe, y no es cierto. Lo que pasa es que es algo de lo que no se habla. Es invisible porque se excluye del discurso político y del discurso literario. Es uno de los mecanismos de la violencia: hacerla invisible. También sucede que hay mucha dificultad en contar el sufrimiento, confesar que uno sufre, que es humillado y excluido. Porque eso también es violento para uno mismo. Eddy Bellegueule se deja pegar en el colegio. Yo mismo protegía a mis agresores. Yo mismo era el más eficaz mecanismo de simulación. Empecé a escribir mi libro en 2010, antes de los movimientos homófobos que hemos conocido, como La Manif Pour Tous [contra el matrimonio homosexual]. Son movimientos que demuestran la existencia de esa realidad que describo. Aunque es verdad que vivir la homosexualidad en París es algo más sencillo

P. Sorprende también la falta de cultura que describe en su entorno.

R. Sí. Describo un mundo en el que la literatura está completamente ausente. Desde que nací hasta los 16 años nunca leí. Leer era, de hecho, un síntoma de afeminamiento. Son cosas que fomentan aún más la exclusión. Que te guste la escuela, someterte a su disciplina, también es cosa de maricas. Hay una especie de desajuste entre el sistema escolar y los hijos de clases populares. Se encuentran en el mismo espacio, pero no hablan el mismo idioma.

P. Finalmente, usted se ha convertido en un burgués culto, como dice que se veía a sí mismo en su libro, alejado del monstruo que creyó ser. Se ha liberado.

R. El transfuguismo es un elemento habitual en la literatura y el cine, pero yo soy ahora libre casi por azar. No tenía otra salida más que la huida.

P. Podía quedarse y seguir sufriendo.

R. No. La vida de Eddy Bellegueule era imposible. Yo no podía convertirme en un duro y huyendo no tenía nada que ganar. Ahora estoy contento, pero me interesa explorar esto de la huida, que no es fácil ni en la vida ni en la política. Ahí está el caso de Edward Snowden.

P. ¿Ha podido reconstruir su relación con su familia y sus amigos de antaño?

R. Es imposible. Los reencuentros son violentos. Cada cosa que digo es tomada por una agresión. Soy el único de mi familia que ha estudiado y me echan en cara cómo visto y cómo hablo. Creen que lo hago para humillarles. Es una violencia que nos aleja. Hay una obra de teatro que me gusta mucho de Jean-Luc Lagarce, Juste la Fin du Monde (Solo el fin del mundo), una pieza autobiográfica. Lagarce murió de sida muy joven, era de origen humilde y vino a París. Cuenta que antes de morir volvió a su familia, a la que no veía desde hacía mucho, para anunciarles su muerte. Y no logra hablar con ellos. La obra de teatro es una sucesión de monólogos. Nunca consigue un auténtico diálogo. De modo que se va sin decirles que va a morir. Es lo que me pasa a mí. Cualquier intento de diálogo es violento. Mi libro es en realidad una llamada a la revuelta contra este tipo de vida que lleva gente como mi familia. Es una vida dominada.

P. Produce mucha tristeza saber que usted no tiene un solo recuerdo feliz de su infancia.

R. Es cierto. El rechazo que yo sentía por ser diferente era tan poderoso que condicionaba toda mi visión del mundo. Pero de lo que me interesa hablar es de la violencia, porque cuando llegamos a este mundo se nos etiqueta: eres marica, negro, judío, árabe, mujer, provinciano… Me parece que todos nos hemos constituido en esa dominación a veces invisible que nos conforma como personas.

P. ¿Le ha salvado la literatura?

R. Por supuesto. Al irme de casa sentí una gran necesidad de dar la palabra a ese mundo que había vivido. Hice teatro y he sido militante político, pero la literatura es para mí el mejor medio de expresarme. Hablar de la violencia es una forma de combatirla. Mi madre, por ejemplo, es víctima de todo ello. Si se le pregunta por qué dejó de estudiar, responde que no le interesaba, que fue ella la que eligió dejarlo, cuando en realidad fue excluida violentamente porque su perfil no se correspondía con el medio en el que estaba, porque no tenía las herramientas para tener éxito en la escuela.

P. ¿Ha empezado ya su segundo libro?

R. Sí, estoy a punto de acabarlo. Se centra en las condiciones de vida de los inmigrantes argelinos en Francia. Conocí a un chico con el que estuve hablando toda la noche. Me contó su vida y la de su padre, y de golpe descubrí ahí toda la violencia racista que no conocía. El racismo de la gente, pero también del Estado francés, que alojaba a los argelinos después de la guerra en inmuebles inmundos, insalubres, donde había reglas estrictas para volver a casa o acostarse a una hora determinada. Comer todos juntos… Un sistema inimaginable en el siglo XX en Francia. Son vidas que no se conocen. Para mí, utilizar la fuerza de la literatura para dar la palabra a todo eso me parece importante.

P. Ha desarrollado usted una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno.

R. La violencia que he conocido no es responsabilidad de los que la ejercían, sino producida por su propia exclusión. Es el principio de la conservación de la violencia. Por eso construyo mi libro describiendo la vida de los otros. Todo está calculado literariamente para lograr una revuelta no contra la violencia de las clases populares, sino contra lo que produce toda esa violencia. Mire lo que ha pasado con los atentados de París. Cuando se mira la vida de esos hombres que mataron se ve que verdaderamente llevaban una existencia miserable, muy violenta, de una extrema pobreza. Evidentemente, lo ocurrido se puede comprender.

P. Aunque no justificar.

R. Exacto. Lo difícil es operar una reformulación del compromiso político. No se trata de excusarlos, pero la cuestión es buscar las causas, porque estas suelen estar fuera de los individuos. Decir simplemente que esos tipos son monstruos no lleva a ninguna parte. Nada cambia. Si modificas el sistema escolar, si se renuevan las prisiones y todo eso, quizá las cosas sean diferentes. Yo no creo que mi padre sea culpable de llamarme marica cuando era niño. Es un sistema el que lo produjo.

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