Desplazar las miradas

Entrevista con Emma Rodríguez / Lecturas sumergidas

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« Para acabar con « Eddy Bellegueule » es una novela que impacta por muchas cosas, pero, en mi opinión, sobre todo, porque nos habla de sectores de la población, de modos de vida, a los que se da la espalda, de los que la sociedad acomodada no quiere saber. ¿Hasta qué punto en esta novela fuiste consciente de estar dando voz a los marginados

Sí. Diría que mis libros son hijos de la ausencia. Cuando empecé a interesarme por los libros, a descubrir la literatura –bastante tarde ya que en mi familia no se leía, la lectura se consideraba un signo de pereza o de feminidad para un chico-, lo que me llamaba la atención era no encontrar el mundo de mi infancia, ese mundo de pobreza, de miseria extrema, incluso en los autores a los que más admiraba. Como mucho descubría libros que hablaban del mundo obrero, pero ése no era el mundo de mi infancia: de pequeño mi madre decía que los obreros eran “burgueses”, ya que cobraban su salario todos los meses, mientras que mi familia sobrevivía gracias a las ayudas sociales. Éramos lo que Marx denominó el lumpenproletariado. Albergábamos mucho resentimiento contra los obreros. Por ello, en efecto, he querido dar voz a ese mundo invisible hecho invisible. Cuando hablo de “dar la palabra”, creo que “palabra” es algo importante. En Acabar con Eddy Bellegueule he plasmado el lenguaje de ese mundo, el mundo de mi infancia, en el corazón de la escritura del libro, he intentado encontrar una construcción literaria que diese a entender ese leguaje. Porque un mundo siempre es un lenguaje. Las expresiones, los dialectos, las construcciones revelan el inconsciente y las maneras de pensar de un mundo. Darle visibilidad significaba darle voz.

La violencia es el gran tema de la novela. ¿Vivimos en sociedades especialmente violentas? ¿Crees que la desigualdad, que se acrecienta con la reciente crisis, fomenta aún más la violencia?

Acabar con Eddy Bellegueule describe en efecto un pequeño pueblo del Norte de Francia, aislado, excluido, caracterizado por su extrema pobreza, sobre todo tras los cierres de las fábricas de los pueblos de alrededor, en las que trabajaba casi todo el mundo. Y no digo que la fábrica fuese lo mejor. Cuando veo el efecto de la fábrica en los cuerpos, el sufrimiento, la fatiga, no puedo dejar de alegrarme cuando una cierra. Pienso que es un trabajo que no debería existir. Lo que es terrible tras el cierre de una fábrica no es el cierre en sí, sino la miseria que le sigue, ya que la sociedad no ayuda lo suficiente a las personas que pierden su trabajo. Pero, como lo describo en mi libro, es cierto que esa exclusión tan fuerte que sufría el mundo de mi infancia, mi familia, mi madre, producía ella misma una gran violencia, que en el libro alcanza a todos aquellos considerados “diferentes”: a Eddy Bellegueule, pero  también a las mujeres, los inmigrantes que se ven en la televisión, etc. Es un principio básico que encontramos en Bourdieu, Freud o Marcuse, el principio de conservación de la violencia: cuando uno es víctima de la violencia sin cesar, y sin cesar es reproducida, como en el caso de las clases más pobres, uno termina por reproducir esa violencia sobre los demás, a otro nivel, sobre las mujeres, los homosexuales, etc. Mi libro es la Historia de esa violencia.

Mientras leía la novela, confieso que en varias ocasiones, me paré a pensar en la época en la que se situaba la acción. Me parecía que tenía que ser el pasado, que no podía pasar eso en la Francia actual… Sin embargo, ahí está el racismo creciente en Francia, en Europa… El odio a los emigrantes, a los que son diferentes. ¿Puede la literatura ayudarnos a entender mejor el mundo en el que vivimos, se puede convertir en un toque de atención, llegar a tocar las conciencias de un modo que no consiguen las noticias?

Tenemos siempre la impresión de que esa violencia no existe porque es invisible, subterránea. O porque las personas no la sienten directamente. Cuando, en el libro, mi hermano deja la escuela a los 15 años, no dice que es consecuencia de una situación de violencia, de un desajuste entre las clases populares y la escuela, dice que es su elección. Yo creo que la literatura puede y debe tener el poder de desplazar las miradas, de renovar las percepciones. Antes de que Simone de Beauvoir escribiese sus novelas y El Segundo Sexo, no se veía tanto la violencia ejercida sobre las mujeres. Porque era invisible, estaba encubierta. Como Beauvoir, he intentado servirme de la literatura para enunciar y por lo tanto denunciar esa violencia.

¿Qué es la literatura para ti? ¿A qué autores admiras? ¿Cuáles te han ayudado a encontrar tu propia voz?

Para mí la literatura es ese desplazar de las miradas. Es proponer otras maneras de ver, de rechazar hacer un pleonasmo con el mundo. Y a partir de ese desplazamiento, del saber que aporta, creo que la literatura puede enseñarnos a sufrir. Creo que el sufrimiento es un aprendizaje necesario. Es lo que he intentado mostrar con Acabar con Eddy Bellegueule. De pequeño, y de hecho también ahora, oía cosas como “Ése, no es muy inteligente, pero posee una gran sensibilidad”. Sin embargo, ¿no es el sufrimiento una manera de saber? Si uno se cruza por la calle con una persona, por ejemplo, de origen argelino, o, no sé, por poner otro ejemplo, con un transexual o un negro, se dirá: es un transexual. Es una persona negra. Es el hijo de un argelino, o es un argelino. Y mirará para otro lado, y pensará en otra cosa. Pero si uno piensa, se pone a investigar, a través del saber, la historia de los argelinos y de la inmigración, la Historia de la colonización, de los negros, de la esclavitud, la segregación, los repetidos ataques racistas, la exclusión, todavía hoy, la historia de la homofobia, todas las vidas que ha destruido, entonces podrá percibir el sufrimiento que no habría podido ver sin el conocimiento. No digo que no sufrimos o sentimos afectos sin el conocimiento, pero éste nos permite colocarlo en el nivel de exigencia más alto, siendo inviable la oposición entre el pensamiento y los afectos. Y es a partir de ese sufrimiento y de la intolerancia que representa que podremos revelarnos. Y escribir, por ejemplo. En Acabar con Eddy Bellegueule intento comprender la vida de mi familia, y de este modo me doy cuenta de que su vida ha sido una vida muy dura. Aprendo a sufrir, y a partir de ahí puedo querer transformar la realidad.

¿Crees que tu novela puede estar ayudando a otras personas que han sufrido humillaciones similares por su condición sexual?

Eso espero, sí. Por las razones que acabo de explicar.

¿Ha cambiado esta novela tu vida? ¿En qué sentido? ¿Escribirla ha sido una especie de terapia, una venganza quizás?

Mi libro ha sido lo contrario a una venganza. Es un intento de comprender. Existen grandes libros sobre la venganza, como De profundis de Oscar Wilde o algunos libros de Thomas Bernhard. Pero no es el caso de mi libro. Intento ser justo al intentar comprender mi infancia, lo que por supuesto también significa hablar de su violencia, su racismo; pero como ya he dicho todo esto no es propio de los individuos, sino de las situaciones que los producen. Y por lo tanto, la venganza sería inútil.

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¿Por qué crees que ha llegado tanto a la gente?

Al contar la infancia de Eddy Bellegueule, al esbozar la situación de su pueblo, de las personas que lo rodean, he querido mostrar en primer lugar la experiencia de la dominación. La violencia y la humillación que atraviesan nuestras vidas y nos constituyen, que son los cimientos más o menos invisibles de nuestra existencia. Eres marica, mujer, judío, árabe, provinciano… ¿Quién no ha vivido esto? No me gusta mucho el concepto de universal, pero si hay algo que se le aproxima es la dominación. El hecho de ser mujer, homosexual, judío, inmigrante, de venir de las clases populares, de llegar de provincias a París… en algún momento de su vida, todo el mundo, o casi, es insultado o infravalorado. Y me parece que es ahí donde se han visto reflejados un cierto número de lectores, hartos de la definición dominante de la literatura, ésa que nada dice, que es un pasatiempo de la burguesía para la burguesía y que no plantea ningún problema existencial.

¿Tuviste problemas para publicar la novela? ¿Cómo fue el proceso, enviaste el manuscrito a una, a varias editoriales…? 

Envié el libro a varios editores, simplemente por correo, no conocía a nadie. Le Seuil me llamó al día siguiente. Fue un sueño para mí, lloré claro. Había leído en algún sitio que fue lo que le pasó a Thomas Bernhard con Frost (Helada), su primera novela, y debo admitir que estaba un poco celoso.

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Lecture : « Fragments of future history : on Violette Leduc » at Columbia University

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Dans le cadre du colloque « Feminism’s Abject Selves : Beauvoir, Leduc, Wittig » qui se tiendra le 17 et 18 avril à la Maison Française de l’Université Columbia, je donnerai une conférence intitulée « Fragments d’histoire future : à propos de Violette Leduc« . S’ensuivra un échange avec Virginie Despentes, Anne Garréta et Didier Eribon.

Voici la liste des autres participants au colloque : Virginie Despentes, Didier Eribon, Anne Garréta, Lynne Huffer, Jean-Louis Jeannelle, Ann Jefferson, Elisabeth Ladenson, Elisabeth Lebovici, Michael Lucey.

As part of a conference on « Feminism’s Abject Selves : Beauvoir, Leduc, Wittig », organized by Columbia University and La Maison Française, to be held April 17 to 18, I will give a lecture on Violette Leduc titled « Fragments of future history.” Additionally, I will participate in a debate with Virginie Despentes, Anne Garréta, and Didier Eribon. The lecture will be in English.

Conference participants: Virginie Despentes, Didier Eribon, Anne Garréta, Lynne Huffer, Jean-Louis Jeannelle, Ann Jefferson, Elisabeth Ladenson, Elisabeth Lebovici , Edouard Louis, Michael Lucey

Please check back for conference description and program.

Location : Maison Française, Columbia University, at Broadway and W. 116th street
, New York City

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A paraître : « Leszámolás Eddyvel » et « Farvel til Eddy Bellegueule »

- Leszámolás Eddy ( Hongrie, Ab ovo )

– Farvel til Eddy Bellegueule ( Norvège, Aschehoug )

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« Buscar las causas »

entrevista con Gabriela Cañas / El Pais

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Resulta llamativo comprobar que haya tanta homofobia en la sociedad francesa.

No creo que sea diferente en otros países. Mucha gente me dice que esta realidad que yo describo no existe, y no es cierto. Lo que pasa es que es algo de lo que no se habla. Es invisible porque se excluye del discurso político y del discurso literario. Es uno de los mecanismos de la violencia: hacerla invisible. También sucede que hay mucha dificultad en contar el sufrimiento, confesar que uno sufre, que es humillado y excluido. Porque eso también es violento para uno mismo. Eddy Bellegueule se deja pegar en el colegio. Yo mismo protegía a mis agresores. Yo mismo era el más eficaz mecanismo de simulación. Empecé a escribir mi libro en 2010, antes de los movimientos homófobos que hemos conocido, como La Manif Pour Tous [contra el matrimonio homosexual]. Son movimientos que demuestran la existencia de esa realidad que describo. Aunque es verdad que vivir la homosexualidad en París es algo más sencillo

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P. Sorprende también la falta de cultura que describe en su entorno.

R. Sí. Describo un mundo en el que la literatura está completamente ausente. Desde que nací hasta los 16 años nunca leí. Leer era, de hecho, un síntoma de afeminamiento. Son cosas que fomentan aún más la exclusión. Que te guste la escuela, someterte a su disciplina, también es cosa de maricas. Hay una especie de desajuste entre el sistema escolar y los hijos de clases populares. Se encuentran en el mismo espacio, pero no hablan el mismo idioma.

P. Finalmente, usted se ha convertido en un burgués culto, como dice que se veía a sí mismo en su libro, alejado del monstruo que creyó ser. Se ha liberado.

R. El transfuguismo es un elemento habitual en la literatura y el cine, pero yo soy ahora libre casi por azar. No tenía otra salida más que la huida.

P. Podía quedarse y seguir sufriendo.

R. No. La vida de Eddy Bellegueule era imposible. Yo no podía convertirme en un duro y huyendo no tenía nada que ganar. Ahora estoy contento, pero me interesa explorar esto de la huida, que no es fácil ni en la vida ni en la política. Ahí está el caso de Edward Snowden.

P. ¿Ha podido reconstruir su relación con su familia y sus amigos de antaño?

R. Es imposible. Los reencuentros son violentos. Cada cosa que digo es tomada por una agresión. Soy el único de mi familia que ha estudiado y me echan en cara cómo visto y cómo hablo. Creen que lo hago para humillarles. Es una violencia que nos aleja. Hay una obra de teatro que me gusta mucho de Jean-Luc Lagarce, Juste la Fin du Monde (Solo el fin del mundo), una pieza autobiográfica. Lagarce murió de sida muy joven, era de origen humilde y vino a París. Cuenta que antes de morir volvió a su familia, a la que no veía desde hacía mucho, para anunciarles su muerte. Y no logra hablar con ellos. La obra de teatro es una sucesión de monólogos. Nunca consigue un auténtico diálogo. De modo que se va sin decirles que va a morir. Es lo que me pasa a mí. Cualquier intento de diálogo es violento. Mi libro es en realidad una llamada a la revuelta contra este tipo de vida que lleva gente como mi familia. Es una vida dominada.

P. Produce mucha tristeza saber que usted no tiene un solo recuerdo feliz de su infancia.

R. Es cierto. El rechazo que yo sentía por ser diferente era tan poderoso que condicionaba toda mi visión del mundo. Pero de lo que me interesa hablar es de la violencia, porque cuando llegamos a este mundo se nos etiqueta: eres marica, negro, judío, árabe, mujer, provinciano… Me parece que todos nos hemos constituido en esa dominación a veces invisible que nos conforma como personas.

P. ¿Le ha salvado la literatura?

R. Por supuesto. Al irme de casa sentí una gran necesidad de dar la palabra a ese mundo que había vivido. Hice teatro y he sido militante político, pero la literatura es para mí el mejor medio de expresarme. Hablar de la violencia es una forma de combatirla. Mi madre, por ejemplo, es víctima de todo ello. Si se le pregunta por qué dejó de estudiar, responde que no le interesaba, que fue ella la que eligió dejarlo, cuando en realidad fue excluida violentamente porque su perfil no se correspondía con el medio en el que estaba, porque no tenía las herramientas para tener éxito en la escuela.

P. ¿Ha empezado ya su segundo libro?

R. Sí, estoy a punto de acabarlo. Se centra en las condiciones de vida de los inmigrantes argelinos en Francia. Conocí a un chico con el que estuve hablando toda la noche. Me contó su vida y la de su padre, y de golpe descubrí ahí toda la violencia racista que no conocía. El racismo de la gente, pero también del Estado francés, que alojaba a los argelinos después de la guerra en inmuebles inmundos, insalubres, donde había reglas estrictas para volver a casa o acostarse a una hora determinada. Comer todos juntos… Un sistema inimaginable en el siglo XX en Francia. Son vidas que no se conocen. Para mí, utilizar la fuerza de la literatura para dar la palabra a todo eso me parece importante.

P. Ha desarrollado usted una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno.

R. La violencia que he conocido no es responsabilidad de los que la ejercían, sino producida por su propia exclusión. Es el principio de la conservación de la violencia. Por eso construyo mi libro describiendo la vida de los otros. Todo está calculado literariamente para lograr una revuelta no contra la violencia de las clases populares, sino contra lo que produce toda esa violencia. Mire lo que ha pasado con los atentados de París. Cuando se mira la vida de esos hombres que mataron se ve que verdaderamente llevaban una existencia miserable, muy violenta, de una extrema pobreza. Evidentemente, lo ocurrido se puede comprender.

P. Aunque no justificar.

R. Exacto. Lo difícil es operar una reformulación del compromiso político. No se trata de excusarlos, pero la cuestión es buscar las causas, porque estas suelen estar fuera de los individuos. Decir simplemente que esos tipos son monstruos no lleva a ninguna parte. Nada cambia. Si modificas el sistema escolar, si se renuevan las prisiones y todo eso, quizá las cosas sean diferentes. Yo no creo que mi padre sea culpable de llamarme marica cuando era niño. Es un sistema el que lo produjo.

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« Ecrire les classes » à la Maison des Métallos

Hier, lors de la rencontre « Ecrire les classes » à la Maison des Métallos, avec Didier Eribon, Florence Aubenas, Laurent Hatat et Sylvie Blocher

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« Théories de la littérature » de Didier Eribon, à paraître dans la collection « Des mots »

Le 4 mars 2015 paraîtra dans la collection « Des mots » aux PUF, l’ouvrage « Théories de la littérature » de Didier Eribon

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En voici la présentation :

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Le dernier ouvrage paru dans la collection était « Foucault contre lui même’, sous la direction de François Caillat.

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« Les lanceurs d’alerte », Rencontres et débats au Musée d’art moderne du Luxembourg

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Dans le cadre son exposition monographique, S’inventer autrement, le Mudam Luxembourg donne carte blanche à l’artiste Sylvie Blocher.  Le thème de cette carte blanche est : Les lanceurs d’alerte. Elle se tient les 6 et 7 février 2015.

A cette occasion, je participerai le 7 février à 13h30, à une rencontre sur le thème : « Retour et fuite », avec Didier Eribon, Geoffroy de Lagasnerie et Sylvie Blocher.

Les débats ont lieu au Mudam Luxembourg, 3, Park Dräi Eechelen, L-1499 Luxembourg.

On peut consulter ici le programme complet des débats, projections, et performances artistiques.

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